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Me perdí en Orlando

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Tan sólo era una niña de 3 años cuando me extravié en plena ciudad de Orlando, Florida.

Una tarde del año 1993, cuando mi familia vacacionaba en tan popular ciudad. Se decía en ese momento que en lugar de turistear dentro del país, los ticos salían mucho a San Andrés, Panamá y Florida. No sé si será ese el caso aún.

Recuerdo que me sentía aburrida, como toda niña curiosa y activa se podría sentir al tener una piscina cerca. Tengo la memoria de que me encontraba en la habitación, de la cual salí para encontrarme en un pasillo y un largo balcón con vista a la piscina y jardines del hotel.

Recorrí el balcón, tranquilamente, en paz, como cualquier niña feliz podría, mientras contemplaba los jardines del hotel. A varios minutos de caminar por ese balcón, me di media vuelta para tocar la primera puerta que tuve al frente, esperando que quien me abriera fuera mi madre. Para mi gran sorpresa, no fue así y estaba muy confundida al ver que la persona que salió de aquella habitación no era nadie que yo conociera.

Inocentemente, pensé que mi familia me había olvidado y que habían salido sin mí. Por lo tanto, era mi deber ir a buscarlos y alcanzarlos donde fuera que se hubieran ido. Así que marché al final del pasillo, bajé unas escaleras hasta llegar a la recepción. En la recepción no estaban ellos. Entonces ahora era mi turno ir a buscarlos en la ciudad.

Sin que nadie se percatara, bajé otras pocas escaleras para salir del hotel.

 

Finalmente, sola por las aceras de Orlando, Florida, inicié mi travesía en busca de mi familia: de mis padres y mi hermano. Miraba hacia arriba y aún a mis 28 años, logro recordar borrosamente los muchos edificios altos de esa particular ciudad.

No sé cuánto tiempo pasó. No sé cuánto tiempo caminé, ni cuántas calles crucé o simplemente cuántos metros avancé. Lo que sé es que la percepción del tiempo que uno tiene como adulto no es la misma percepción que uno tiene cuando es niño. Cuando uno es niño, el tiempo pasa muy lento, uno se aburre rápido, uno se mueve mucho por la inquietud y curiosidad de explorar el mundo, y se carece de malicia e inteligencia emocional. Inclusive cuando iba a la escuela, ¡el tiempo se me hacía eterno! Ya como adulto, es todo lo contrario: el tiempo pasa volando, y la experiencia lo hace a uno sabio y más conciente del mundo que lo rodea a uno.

De repente me topo con un policía uniformado en su moto. Él me comenzó a hablar pero en ese momento no había aprendido inglés aún: no me encontraba ni cerca de iniciar mi vida multilingüística. En ese momento sólo hablaba español, no sabía escribir y no iba a aprender inglés hasta dentro de 2 años. Encima de eso, mi memoria auditiva de este incidente es nula. Todo lo que recuerdo, lo recuerdo como quien recuerda un sueño, sin sonidos.

Volviendo a mi realidad con el policía, creo que traté de explicarle que estaba buscando a mi mamá. No sé si me entendió o qué, pero lo que hizo fue llevarme a una estación de servicio Shell (o como le decimos los ticos, a una bomba) y me dejó con la muchacha de la tienda. Pareciera que él le pedía a ella que me cuidara mientras buscaban a mi mamá. Yo durante todo el evento permanecí muy tranquila, y más aún cuando me dieron uno de esos deliciosos ring pops que me hacían sentirme como una princesita. Qué mejor manera de hacer que me quedara quieta.

Mi madre, cuando en mi sano y adulto juicio me cuenta su versión de la historia, logro conectar mejor los acontecimientos de este casi misfortunio. Cuando ella se percató de que yo no estaba en la habitación, salió a buscarme por todo el hotel, preguntó por mí en recepción y nadie me había visto pasar por ahí.

Yo ahora me pregunto cómo pudo ser posible que el personal del hotel pudiera pasar por alto a una niña saliendo sola caminando… ¡Igualmente me pregunto por qué mi familia tardó tanto en darse cuenta de que me había escapado sin querer!

En fin, yo estaba sumamente entretenida con el fabuloso ring pop y noté que el policía ya no estaba en la bomba. Y pensándolo bien, siendo una niña de 3 años, no pude haber caminado muy lejos, así que efectivamente el policía logró llegar al hotel donde estaba hospedada, y casualmente, mi mamá encontró al policía en la recepción del hotel para lo cual ella no tuvo que pensar dos veces para acercársele desquiciadamente.

Entre señas se lograron entender, ya que ni el policía hablaba español ni mi madre inglés. Tal vez una camisa de estas le hubiera servido a mi madre en ese momento:

El “icon shirt” que todos deberíamos tener, en especial si visitaremos países cuyo idioma no hablamos.

 

En fin, luego de que el policía llevara a mi madre a la Shell, podemos concluir lo siguiente: el policía cumplió con su deber, mi madre cumplió con el susto de su vida, y yo cumplí con mi ejercicio y mi consumo de azúcar de ese día.

Al día de hoy, agradezco que no me hubiera pasado nada como haber sido atropellada o secuestrada. Uno nunca sabe que puede suceder. Sólo sé que tuve suerte y el policía me encontró a tiempo, antes de que algo indeseable sucediera. Pudo haber sido mucho peor, ¿cierto?

 

Escrito por Emjay.

 

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